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LA HUMILDAD EN SANTA MARÍA DE JESÚS SACRAMENTADO

"LA HUMILDAD”    EN  SANTA MARÍA DE JESÚS SCDO

En este tiempo de Gracia, al Celebrar  a Santa María de Jesús Sacramentado, Nuestra Santa Madre Fundadora, rebosa  nuestro corazón de  alegría, al  sabernos amadas  tan profundamente en el Corazón de Cristo, ¡Halagadas con este regalo suyo tan insigne, e invitadas por Ella, a confiar plenamente en el amor que se derrama en el Corazón de Cristo, siempre constante y siempre nuevo hacia cada una de nosotras! 
Ella, con toda humildad y sentido del deber, en la misión recibida,  se dispuso a amar, corazón a corazón, al Señor, y se acogió a Él especialmente en la Eucaristía y la oración continua, donde nutría contantemente su vida de fe y fue a la vez, ese canal de gracia abundante para los pobres. “Jesús mío, crucifícame contigo en la cruz, clava en ella mi cuerpo y mi corazón en el tuyo”,  Enamorada del Amor por excelencia, Cristo,  elije entre tantas formas que existen de servir a Dios, ponerse generosamente a su servicio en quienes más necesitan de su misericordia, y se ha convertido para nuestro mundo, falto de fe y agobiado ahora  por la confusión y el desánimo,  fruto de la vanidad de las riquezas terrenales, del pecado y de una cultura de muerte, en un testimonio vivo de los efectos que una fe viva, la paz y la plena confianza en Dios alcanzan en el corazón humano, en quienes se  esmeran humildemente y contra toda desesperanza,  en honrar al Maestro,  y pasan como Él, amando, y haciendo el bien a todos, acogiendo en su nombre a los pequeños del Evangelio, descubriendo en su rostro la mirada de Cristo, y en  su vulnerabilidad y miserias,  su presencia  sufriente, necesitado de amor, de ternura y compasión.
La humildad de Santa María de Jesús Sacramentado,  que logra vivir y comunicar cada vez más profunda y diáfana  desde su presencia y trato  con las personas,  adquiere grandes magnitudes  en su visión y en las posibilidades para entregarse en el servicio a sus hermanos, aun donde otros no encontrarían la manera o la fortaleza para ello, motivando con su sola actitud, a la disposición generosa de cuantos trataba, a hacer lo mismo, mediante el ejercicio de la voluntad generosa  y de la plena confianza en la gracia de Dios que obra todo en todos.
¡Oh humildad  que adquieres para quien te posee, los tesoros más grandes de la gracia y benevolencia divina!  ¡Oh Humildad, que solo en Cristo se encuentra perfecta! en cada uno de sus hechos, de sus palabras, de su mirada, pues siempre quiso hacer  todo y solo aquello que el Padre le dio como misión.  Al final muere crucificado, pero no sin antes invitarnos  a la humildad también “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.  “ Ejemplo os he dado -dice el Señor después de lavarles los pies a sus discípulos - para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros” -Cf. Jn 13, 15.    Nos deja una suprema lección para que entendamos que si no somos humildes, si no estamos dispuestos a servir en humildad, no podemos seguir al Maestro.  “Si no dejas que te lave los pies, no tienes parte conmigo”.
Si queremos también nosotros crecer en humildad, en amor y servicio al prójimo,  podemos apoyarnos en una adhesión permanente y creciente a la presencia de Dios en mí y en mi prójimo al que trato, discerniendo aquello que es lo bueno, lo que agrada, lo perfecto. Tanto más intenso sea el deseo de crecer en su gracia, mas ha de ser nuestra humildad y sencillez, pues Dios se manifiesta a los sencillos ( Lc. 10, 21-22).
El Señor nos invita a seguirle y a imitar su ejemplo, y nos deja una regla sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los demás con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos (Cf Mt 7, 12).   La experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o me hace daño, es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar en el trato con los demás.
Nuestra Santa Madre, dócil al mensaje del señor en su Palabra, y ejercitada en discernir cada día lo que su Jesús le va invitando a vivir, no se olvida de participarnos la invitación a nosotros, a reconocerle y amarle también, a través de la oración, de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, y en nuestros hermanos, repitiendo en esta misma invitación, la consigna de quien nunca falta a sus promesas, Jesucristo Nuestro Señor: “quien es misericordioso con los más necesitados del mundo, no será a su vez desprovisto de la misericordia divina ”.
Tips para nuestro discernimiento:  Lo que todos deseamos en algún momento:
•    Una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien,
•    Comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos hemos vuelto a equivocar;
•    Valoración de lo positivo más que señalar los defectos;
•    Respeto y  cordialidad en donde trabajamos o al llegar a casa, en las relaciones interpersonales.
•    Ser escuchados especialmente cuando nos cuesta verbalizar nuestras necesidades y puntos de vista
•    Que se nos exija en nuestro trabajo, para crecer, pero de buenas maneras;
•    Que nadie hable mal a nuestras espaldas; y, que haya alguien que nos defienda cuando se nos critique y no estamos presentes;
•    Que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos;
•    La corrección fraterna de las cosas que hacemos mal, en vez de comentarlas con otros;
•    Que recen por nosotros…
•    Contar siempre con la mirada amorosa de alguien que me recuerde y me lleve al amor de Dios.

Si esto nos gustaría de parte de los demás hacia nosotros, estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer también por ellos.  Si nos comportamos así, entonces: “Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve. Aunque fueren rojos como la púrpura quedarán como la blanca lana”.     ( Is. 1,18).

“La caridad entra al cielo cuando la humildad le abre la puerta “ (SMJS). Sin duda que la humildad, ha sido la expresión más elocuente de la caridad, y la puerta de llegada más directa y eficaz al corazón de Cristo y del hermano, pues siendo Él su fuente, se convierte en el “Don” a través nuestro, y nos devuelve a la contemplación, estableciendo en ésta dinámica, cada día el llamamiento y la misión, la comunión y participación, la humildad y la caridad que nos hace cada vez más hermanos y hermanas en el amor de Cristo.     “El agua canta a pesar de encontrarse piedras en el camino, las salta cantando” (SMJS).     Este espíritu humilde y alegre, de apertura a los demás, y de disponibilidad solícita, es capaz de transformar cualquier ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. “Amor saca amor” (SANTA TERESA, Vida, 22, 14)  San Juan de la Cruz aconsejaba: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor” (SAN JUAN DE LA CRUZ, Carta a la M. M.0 de la Encarnación, en Vida, BAC, Madrid 1950, p. 1322).

“Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”.  Aprendamos la humildad, crezcamos en ella cuanto nos sea posible, que no hay mejor cimiento para la perseverancia en la fe y amor a Dios y al prójimo que la humildad.   La humildad, nos capacita para superar con éxito las dificultades y contradicciones que se interponen en el camino, porque su fortaleza y apoyo es la mano de Dios, de quien recibe todo bien y es capaz de sacar bienes aun de los males que nos aquejan, para bien nuestro y alabanza de su nombre (Mt 10, 24-25). “quien a vosotros recibe, a mí me recibe” ( Mt. 10, 40 y ss).

Finalmente pidamos a María Santísima, y a Santa María de Jesús Sacramentado, que nos enseñen su humildad y junto a ellas, vayamos a Jesús, que es también manso y humilde de corazón, implorando nos alcancen de Él, un corazón semejante al suyo.



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